Soy guanche y provengo de Adeje, pero desde hace varias lunas habito en las montañas cercanas a Aguere, la San Cristóbal de los conquistadores.

Fue en las montañas de Taborno donde conocí a Nuhazet, alzado como yo y fugitivo de la justicia… y es aquí donde vivo con otros guanches y gomeros.

Ellos me han acogido como uno de los suyos, especialmente Nuhazet. Aquí tomamos reses de los conquistadores, que antes eran nuestras, para sobrevivir. Aquí podemos evitar ser capturados.

Pero en 1539, según su calendario, el gobernador, Alonso Yanes Dávila, dictó una orden para que bajáramos a poblado, diciendo que, en caso de no hacerlo, seríamos considerados como “bandidos” y se premiaría a nuestros “matadores”.

Algunos bajaron a poblado y juraron que no harían más “daño” al ganado y que morarían en poblado. Pero aún así, sufrieron un duro castigo: fueron entablados por días y pasaron al servicio de los señores de la ciudad como criados, unos, y otros como recaderos.

Todos ellos tienen prohibido moverse con libertad y por eso no pueden estar en las calles cuando suena la campana de queda, la del templo de Los Remedios. Si no cumplen la orden, son encarcelados.

Son tiempos oscuros, pero como dice Nuhazet, sobrevivir también es perpetuarse, aquí, en las montañas, lejos de poblado. Aquí podemos ser.

Esto es lo que cuenta Nuhazet el guañameñe, el que perdió su ojo izquierdo en la última batalla contra los conquistadores pero, aún tuerto, adivina los hechos antes de que pasen.

Ver el futuro es “mal ejemplo”, según las normas de los conquistadores, pero Nuhazet lo hace en las montañas, lejos de poblado, al atardecer, con su cabeza cubierta por el guapil, banot en mano y con la mirada fija y puesta en Magec.

Es aquí, en las montañas, donde Nuhazet nos dice que nuestra gente seguirá habitando estas tierras, porque así lo ha provisto Achamán, el sustentador del cielo y la tierra.

José Farrujia