Cuentan quienes guardan memoria de aquellos tiempos que, al caer el sol del atardecer, en la época de los guanches, los ancestros que ya estaban en el otro lado, en el seno de Magec, se hacían ver.

 El mundo de los vivos y de los muertos convivía en la época indígena. Por eso las cuevas de enterramiento, siempre, se ubicaban cerca de los poblados. Por eso los guanches rendían culto a sus antepasados.

 Los guanches creían igualmente en la presencia de determinados seres o genios inmateriales, los invisibles, que estaban en las cumbres de las montañas, en las fuentes de agua o en determinados árboles.

 Estos lugares relacionados con estos seres eran consagrados como santuarios en donde se les rendía culto para pedirles lluvias, buenas cosechas, ganado abundante y prosperidad para la comunidad. Algunos ejemplos son Pico Yeje o la Montaña de Tindaya.

 Pero en las creencias guanches también existían seres malignos. En este caso, estos seres se manifestaban principalmente al anochecer, mostrándose en forma de perros lanudos, de cochinos o de otro animal cuadrúpedo, pero siempre con pelo oscuro.

 El mal y su personificación se concretó en determinadas denominaciones. En La Palma recibía el nombre de Iruene, en La Gomera era conocido como Hirguan y en Tenerife como Jucancha.

 Ya en el siglo XVII, Juan de Abréu Galindo recogió esta información tras hablar con los antiguos canarios, al señalar que «se les aparecían muchas veces de noche… como grandes perros lanudos; y en otras figuras…»

 Estos seres malignos solían mostrarse en lugares oscuros, en caminos, cuando Magec, al atardecer, se ocultaba para dejar su lugar a Ayur. Era entonces cuando Jucancha se aparecía.

Por eso los guanches no solían transitar por el bosque cuando caía la luz del día.

 En la foto, el último rayo de sol ilumina aún la tarde en Anaga, cerca de un antiguo camino de guanches en El Batán, antes de la salida de Ayur. Es hora de regresar…

 José Farrujia de la Rosa