El ansia ide crecimiento ilimitado, unida a la presión permanente que las empresas ejercen sobre el individuo, lleva a lo que ya se conoce como “síndrome del trabajador quemado” (en inglés: “burn-out”).

Durante lo que los franceses llaman los Treinta Gloriosos, las tres décadas de crecimiento rápido que siguieron al fin de la Segunda Guerra Mundial, había ciertamente enfermedades profesionales, accidentes y todo tipo de problemas relacionados con el trabajo.

Pero pese a los ritmos de trabajo en la fábrica, los trabajadores resistían entonces  mejor que ahora porque había entre ellos solidaridad, camaradería, ayuda mutua. Compartían emociones y sentimientos, lo mismo alegrías que enojos.

En la organización fordista, el individuo era pensado, organizado y representado a través de pertenencias relativamente estables. El lugar de trabajo, el sindicato, el partido, la cooperativa eran instituciones capaces de transformar las condiciones materiales en identidad política.

Hoy todo eso ha cambiado, como explica la veterana socióloga del trabajo francesa Danièle Linhart en la revista ecologista “La Décroissance”, que lo atribuye sobre todo al aislamiento creciente de los trabajadores, obligados a ser cada vez más competitivos en beneficio exclusivo de la empresa y los tecnócratas que la dirigen.

Antes, los asalariados tenían la sensación de pertenencia, también a la empresa para la que trabajaban y cuyo destino al mismo tiempo compartían, tenían valores comunes, pero los métodos modernos de gestión dan hoy la máxima importancia por el contrario a la promoción individual.

Todo lo cual provoca la pérdida de puntos de referencia, la obsolescencia de los saberes y de la  experiencia  acumulada. El trabajador deja de tener la impresión de que el trabajo le pertenece y se ve así “fragilizado, desestabilizado”, obligado a seguir protocolos establecidos por especialistas  o burócratas.

En su libro “Burn-out global”, el filósofo francés Pascal Chabot vincula el “agotamiento” de los trabajadores al productivismo desenfrenado que consume la tierra.

Y la socióloga Linhart le da la razón porque la racionalidad que está en la base del pensamiento gerencial, organizador y movilizador de los asalariados es “la lógica neoliberal de rentabilidad a corto plazo”.

Los “managers” (gestores) son los alumnos aplicados que sale de las escuelas de administración y de comercio, de las de ingeniería. Allí les han explicado que el crecimiento es lo único que conduce a la felicidad, que hay por ello que producir y consumir cada vez más.

Pero “la organización tanto de la producción como del consumo en el marco de la ideología neoliberal resulta devastadora, letal, critica Danièle Linhart.

Y ello, lo mismo para los trabajadores, “a los que se maltrata, que para los consumidores, a los que se manipula mediante el marketing y las neurociencias sin tener en cuenta sus necesidades reales, pero también para los recursos naturales del planeta y los demás seres vivos: está en juego la misma lógica depredadora”.

Sin embargo, cada vez más trabajadores, sobre todo los jóvenes, se preguntan qué sentido tiene ese tipo de trabajo, que resulta en agotamiento tanto físico como psíquico, en suicidios y adicciones a las drogas, qué sentido tiene una producción que no responde a nuestras necesidades esenciales y sólo destruye el medio ambiente.

Es por ello urgente, concluye la socióloga, “liberar el pensamiento colectivo y la imaginación para inventar otras maneras de estar en el mundo, lo que será, sin embargo, imposible mientras que los individuos estén aislados unos de otros, amurallados, sometidos lo mismo como trabajadores que como consumidores y como habitantes del planeta”.

Joaquín Rábago