En las últimas semanas se ha situado en la actualidad política el proyecto de reforma de la versión de 2003 del estatuto marco propulsado por el Gobierno y diseñado con el objetivo teórico de modernizar algunas de sus disposiciones.
La mejor reforma del estatuto sería la que propugnase su desaparición a corto o medio plazo sustituyendo la amalgama inextricable del carácter funcionarial y laboral de la relación que establece entre los profesionales y la administración por una contratación sujeta al régimen general, como la del conjunto de los trabajadores y presidida por los principios de transparencia, equidad, justicia, descentralización y seguridad.
Somos conscientes de las dificultades que puede entrañar un proceso de laboralización ordinaria de los profesionales del sistema nacional de salud y de los problemas inherentes a una cierta tendencia en nuestro medio hacia el chauvinismo y la corrupción pero, sin perder de vista este contexto, es imprescindible modernizar las relaciones laborales en nuestra sanidad y poner en marcha las innovaciones necesarias, presididas por el rigor procedimental pero también por la flexibilidad y la descentralización decisoria en las instituciones y empresas empleadoras a la hora de marcar las necesidades competenciales así como los criterios de selección y promoción de sus profesionales.
Pensar que reformando el actual Estatuto Marco se conseguirá introducir cambios cualitativos relevantes en las interacciones laborales entre unos profesionales “medio funcionarios” y las administraciones sanitarias central y autonómicas, nos sigue pareciendo, como en otros ámbitos también necesitados de innovaciones profundas, un intento de seguir navegando por la superficie de los problemas sin entrar a abordar sus raíces profundas.
En el contexto de la necesaria y siempre postergada reforma radical de la administración pública española en sus tres dimensiones actuales: general; autonómica y local.