
Cada curva, cada roca, lleva la huella de los guanches, que caminaron antes que nosotros adorando al sol, a la luna y a las estrellas, llevando consigo historias que hoy se confunden con el murmullo del viento.
Cosas de arqueólogos, creo que le dicen.
Con el tiempo, siglos después, este sendero siguió siendo un puente entre mundos. Los hombres y mujeres de la montaña seguían bajando, pero ahora con carbón, con sus papas, sus higos; y los de la costa subían con pescado y sal. Era un intercambio necesario, porque vivir en la montaña es duro, pero en la costa también lo es. Así, la senda fue arteria de vida, sostén de familias, vínculo entre dos realidades que se necesitaban mutuamente.
Mi familia recuerda que cada paso era un esfuerzo, pero también una celebración. El camino enseñaba paciencia, resistencia y respeto por la tierra. No era solo trayecto físico: era aprendizaje, era comunidad.
Faenar para sobrevivir, le decíamos.
El pasado 6 de noviembre, el pleno del Ayuntamiento de La Laguna propuso, por unanimidad, como le dicen, declarar La Senda de Magec como Bien de Interés Cultural
Nuestra gente siente que así se honra no solo a la piedra y al polvo, sino a las huellas que dejaron quienes la caminaron.
Así se reconoce que este camino es más que tierra: es historia, identidad y legado.
Así se reconoce que este camino se pierde si no se cuida.
Que nunca se olvide que por aquí pasó la vida, y que seguirá pasando mientras haya quien escuche las voces antiguas que aún resuenan en sus rincones.
José Farrujia de la Rosa