Antonio Cabrera de León

 Veintisiete años después, el 23J volveremos al resultado electoral de 1996. Es decir, tras las elecciones generales el PSOE podrá decidir si gobierna o si entrega el país y sus clases trabajadoras a la derecha. Esa es mi apuesta para el próximo domingo, y si me equivoco no me importará aceptar lo muy equivocado que estaba, que el arte de predecir es más difícil que el de explicar el resultado cuando ya lo conoces.

 En 1996 el PSOE estaba dirigido por el González socioliberal de la “tercera vía”, profundamente enemigo de cualquier izquierda interna o externa a su partido, que se negó a gobernar en minoría con la Izquierda Unida de Anguita más el apoyo de los nacionalistas catalanes y vascos. Gracias a Felipe, Aznar y Rato pudieron meter a España en la gran burbuja urbanística que enriqueció a los especuladores y reventó unos años después, metiendo en bancarrota a la banca corrupta y arruinando a una generación completa de españoles. Gracias a González, Aznarín de las Azores cabalgó su burbuja y, ya con mayoría absoluta, él y su partido nos metieron en una guerra ilegal que destrozó un millón de vidas inocentes en Irak. Los 200 españoles asesinados en Atocha fueron un “daño colateral” del ardor guerrero del PP.

 Pero en 2023 el PSOE ha aprendido que la España real es un país que no reza a un solo dios. Que incluso hay muchas personas que no rezan a ninguno. Esta es una España diversa, fragmentada en nacionalidades o naciones, multilingüe, multirracial, pacífica, trabajadora, y sufrida, pero menos sufrida que en cualquier otro momento de su Historia. Una España que no teme seguir unida a condición de que sea por decisión libre de sus pueblos.

 Da igual que igual da. Por mucho que la oligarquía patria se haya gastado cientos de millones de euros, que se los ha gastado, en una inmensa operación publicitaria para encaramar al poder a un mediocre, no me creo que hayan enloquecido al país hasta el punto de contar con una mayoría que apoye el retorno de los salvapatrias del franquismo. No me creo que las mujeres se dejen arrebatar sus derechos con sus propios votos. No me creo que los inmigrantes, o las personas no heterosexuales, se abstengan de votar en la que puede ser su última votación si no votan. No me creo que los viejos no sepan quién les sube las pensiones y quién les volvería a hacer pagar por las medicinas. No me creo que los jóvenes ignoren que la libertad la conquistamos contra los que nos la negaron durante 40 años y que ahora venden que aquello era “el lado bueno de la historia”. No me creo que nadie mínimamente decente se abstenga de votar en las actuales circunstancias.

 Tras cientos de encuestas falsas, bulos e insultos, nos acercamos al 23J de 1996 y el país real acudirá a votar para dejar muy claro si somos mayoría los que queremos la convivencia entre nuestros pueblos y el progreso hacia sociedades más justas y solidarias, o si por el contrario la mayoría quiere la España de la censura que ya asoma la patita, la “una, grande y libre” que era una porque había una sola lengua, que era una porque sólo había una religión y que era libre porque había libertad para ir al fútbol o a los toros. El 23J tenemos la palabra. No siempre nos permitieron hablar. Hablemos con el voto.

Antonio Cabrera de León