Para las democracias liberales el año que acaba de empezar será el más corto desde 1787. En esa fecha se aprobó en EEUU la primera constitución democrática. Ahora, en 2026, toca ponerle fin. El 3 de noviembre será el día “trescientos séptimo” del año y le toca al pueblo estadounidense decidir qué quieren hacer con su país y con la, aunque declinante, enorme influencia que aún conservan sobre medio mundo.

Lo que está fuera de toda duda es que con la actual constitución, la más antigua del mundo, un presidente autoritario (un fascista, vamos) ha sido capaz de romper el sistema democrático y poner fin al famoso “checks and balances”. Hoy Trump tiene el control absoluto del ejecutivo, el judicial (amplia mayoría de ultraderecha nombrada por él mismo en el Supremo) y el legislativo (cómoda mayoría en el Senado y el Congreso). No es la primera vez que esto se da, tanto a favor de los republicanos como de los demócratas, pero sí es la primera en que el partido dominante está entregado, atemorizado y completamente en manos del presidente. Así que todo el poder está en manos de una única persona que cumple cada día el sueño de Nixon: “lo que haga el presidente es la ley”.

El resultado es que ya no hay un Estado de derecho en el país que lo creó. No hay separación de poderes, han dejado de estar protegidos los derechos fundamentales (te amenazan con quitarte la ciudadanía y declararte apátrida aunque hayas nacido en allí), el gobierno viola la ley e ignora las órdenes y sentencias judiciales (todo será validado en el Supremo), y son perseguidas las minorías, las clases sociales pobres, o los oponentes políticos. De los inmigrantes mejor no hablar.

En estos momentos el apoyo de los votantes al “american fuhrer” es bajo, pero desconocemos cómo será en noviembre. Ellos aún podrán decidir. Si el autoritarismo triunfa, será como el Triunfo de la muerte, de Bruegel: la ultraderecha impondrá su agenda sin miramientos en los dos últimos años de legislatura y habrá menos impuestos a los ricos, menos pensiones para los viejos, limitación de la educación pública a la escuela primaria, desaparición de las ayudas sociales y de la investigación no militar,  más policía, más deportaciones, más encarcelamientos de pobres, y más persecución, secuestro, torturas e incluso asesinatos de inmigrantes.

Sólo una victoria arrolladora de la oposición demócrata podría frenar el continuo avance del fascismo, pero parece improbable que puedan ganar con la ventaja indispensable. Para enmendar la constitución hacen falta 290 de los 435 congresistas y 67 de los 100 senadores. Para destituir al presidente serían 218  congresistas y 67 senadores.

Salvo que esto se dé, y parece muy improbable, la población habrá elegido el que parece el camino a su propia debacle. En cualquier caso, ese día acabará el año político. Lo que venga después será otra era. Si, sorprendentemente, el país recuperara su democracia, con los 58 días restantes de 2026 habría que hacer lo mismo que Maduro: declararlos Navidad.

Antonio Cabrera de León