Por ese desconocimiento generalizado, ante una foto de preciosos cachorros Beagle, todos nos adherimos rápidamente a la iniciativa de tratar de salvarlos (ojalá hiciésemos lo mismo con los centenares de perros, especialmente galgos y podencos, maltratados, asesinados cruelmente y abandonados cada año por los cazadores en nuestro país); y más si el esfuerzo consiste en una simple firma en change.org.
El problema radica, en el fondo, en que somos una sociedad infantilizada que sólo acepta la cara A (la buena y la bonita) de las cosas, y nunca la B, aunque, como sucede en este caso, implique un sacrificio necesario para que nosotros mismos podamos salvarnos de, por poner un ejemplo, un cáncer.
La cultura del selfie, todo sonrisas y glamour, nos hace tanto rechazar las imágenes de animales en laboratorios como mirar hacia otro lado ante tragedias humanas como la de los inmigrantes, entre ellos muchos menores, que mueren día sí y día también en el mar tratando de llegar, en busca de una mejor vida, a nuestras costas.
El uso de animales en experimentos biomédicos es, por desgracia, necesario, y una sociedad adulta y responsable lo que tiene que hacer es afrontarlo, aceptarlo y, eso sí, exigir a entidades públicas y privadas (sea Vivotecnia o cualquier otra) garantías de que a todos esos seres vivos y sintientes se les usa solo en proyectos científicos en los que esté muy justificado, se les trata con el máximo respeto y se evita, por todos los medios, que sufran.
Carmen Fernández