Antes de morir, la guanche Attasara ya sabía que esa cueva de enterramiento, en lo alto del barranco y cerca del pinar, sería el lugar en el que descansarían sus restos mortales, tras su tránsito hacia el seno de Magec.
Esa era la cueva de sus ancestros, la de su auchón… y llegado el día, también sería su lugar de reposo.
Attasara había participado, ya desde niña, en el acondicionamiento de la cueva para algunos enterramientos de su gente.
Attasara también había ayudado en varias ocasiones a abrir y cerrar el muro de piedra seca que sellaba la cueva. Conocía de memoria el lugar exacto en que debía colocar cada una de las piedras y también su orientación, que respondía a un ritual.
Attasara también conocía, desde su infancia, todos los ritos asociados con el tránsito hacia Magec, las plantas con las que había que tratar el cuerpo del difunto, los cánticos y los juegos con los que se despedía a los invisibles…
Ella formaba parte de la casta encargada de estas labores y los secretos de este oficio sagrado, no eran compartidos con el resto de la sociedad.
Por eso, cuando Attasara presintió, siendo ya anciana, que llegaba su hora, decidió subir a la cueva al atardecer, justo cuando cae el sol de los muertos.
Tras decir la plegaria mirando a Magec, abrió en el muro, con gesto mecánico pero ahora con mucha dificultad, el hueco necesario para deslizar hacia el interior su cuerpo, que ya estaba enjuto y debilitado por el paso del tiempo.
Una vez dentro de la cueva, colocó la última piedra para cerrar el muro y, en la más absoluta oscuridad, se tumbó junto al chajasco en el que, años atrás, ella misma había depositado a su primogénita, Adassa.
Y cuentan los dos extranjeros que profanaron la cueva muchos siglos después, en 1920, que en el centro de la misma, junto a varios xaxos bien dispuestos, yacían dos cuerpos sin mirlar, cogidos de la mano, que parecían mirar hacia el lugar por donde Magec sale cada amanecer.
Jose Farrujia de La Rosa