Si excluimos a aquellos seres desgraciados que nacen discapacitados, las personas venimos al mundo con capacidad de pensar. También los animales, cada uno en su escala. Esta obviedad no es mayor que la de afirmar que nuestra capacidad de pensamiento es, a menudo, puesta al servicio de la maldad. Basta ver lo que ocurre en Palestina. Pensar no es suficiente, es necesario saber distinguir el bien del mal y ser educados para optar siempre por el bien.
Aunque vengamos pensantes, no venimos instruidos. Tenemos que ser enseñados primero a hablar, después a escribir. La alfabetización se aprende, se adquiere, no es genética. Nada es más bello que la manita de un niño o niña agarrando un lápiz para escribir sus primeras letras. Nada es más emocionante que poner tu mano de adulto sobre su manita para ayudarle a completar el primer redondel, la primera O, su primera letra.
El cerebro tiene una gran plasticidad, se modifica a sí mismo con el razonamiento, con la lectura y comprensión de textos, crea neuronas, redes neuronales y especialización neuronal. Así mejora nuestro pensamiento, nuestra capacidad de concentración, de análisis y de crítica, se amplía nuestro vocabulario y nuestra capacidad de expresarnos con precisión. Todo ello nos hace más reflexivos, modifica nuestros sentimientos y nos hace amar la verdad, la ciencia y el arte.
Occidente se ha equivocado gravemente en los últimos 40 años adoptando la idea de que la educación debe producir jóvenes capacitados para el trabajo que demandan las empresas, y abandonando el objetivo de educar en lectura reflexiva, pensamiento crítico, y escala de valores centrada en el respeto a la ciencia y la verdad. Durante ese tiempo hemos educado a millones de niños y adolescentes reduciendo cada vez más la exigencia de memorización, sin analizar críticamente la historia del siglo XX, sin explicar y enseñar a amar la cumbre de la humanidad que representa el reconocimiento de los Derechos Humanos. Esto nos está llevando a una gigantesca crisis intelectual y social. Un alto porcentaje de los integrantes de dos generaciones occidentales no saben distinguir entre la verdad y la mentira.
Si seguimos destrozando la educación de las siguientes generaciones, puede colapsar el avance civilizatorio alcanzado en la segunda mitad del siglo XX. El autoritarismo regresa a hombros de quienes ni leen un libro entero porque se fatigan, ni les importa la diferencia entre el bien y el mal. En el colmo de los despropósitos hay sectores de esas generaciones que sólo saben escribir tecleando porque no fueron entrenados en la escritura manual. ¿Cómo hablarles de la conexión cerebro-mano-lápiz? Por descontado, el concepto de ortografía es del pasado.
En su ignorancia de la historia reciente, esas generaciones están impulsando más que otras el “siglo de la marmota”, repitiendo punto por punto las atroces fórmulas políticas que hace un siglo estuvieron a punto de hacer naufragar la humanidad. No son sólo los jóvenes sin capacidad de lectura sosegada y pensamiento profundo quienes se echan en brazos de los nuevos autoritarismos, pero toda generación necesita una masa crítica de personas reflexivas y, claramente, entre ellos no se alcanza ese volumen de personas. Es tiempo de rectificar
Antonio Cabrera de León