Se muere el papa Francisco. Sea ahora, como parece, o sea o en unos meses, pero no es sólo el fin de una vida y un reinado. Aunque el número de musulmanes es mucho mayor, ellos están fragmentados como lo está el cristianismo evangélico. En cambio los católicos, que hoy son 1300 millones, aún reconocen en el papa a su único líder espiritual. Esa es la figura que muere.
Frente a sus dos predecesores fundamentalistas y eurocéntricos, Jorge Bergoglio ha intentado actualizar su iglesia, acompañar la evolución social y dar voz a los creyentes de naciones excluidas del poder central. Ha combatido la pederastia y el fundamentalismo doctrinario más que ningún otro papa. Y también, en un club de absoluto poder masculino, ha reconocido a las mujeres más que nadie. Naturalmente, mucho camino le queda a esa iglesia por recorrer, pero en sus 12 años de papado ha nombrado al 80% de los que serán cardenales electores en el próximo cónclave. O mucho erró, o el camino parece asegurado.
Bueno será que esa iglesia mantenga el rumbo del papa Francisco e inspire a sus fieles hacia la convivencia pacífica y la democracia. Los papas precedentes estuvieron en la línea de Pío XII, cuya política respecto al nazismo fue de repugnante neutralidad.
Vivimos una época de convulsión en los regímenes democráticos del mundo, con el regreso del apoyo popular a fascistas que imponen la grosería mayúscula en el discurso (“siempre con las mismas mierdas” dice la carnicerita de Chamberí a la que tanto le gusta la fruta; “el papa es el representante del maligno” dijo el contertulio de Conan hoy convertido en criptobró; “esos países de mierda” dijo el american führer), la recuperación de símbolos del horror del siglo XX (vemos brazos en alto en los nuevos caudillos americanos y la tropa neonazi de Italia o España), y la repetición de un nuevo genocidio (esta vez a cargo de europeos emigrados a Palestina).
Hoy vota Alemania. Parece inevitable una gran coalición de democristianos y socialdemócratas para que los neonazis, que consideran comunista a Hitler, “sólo” sean líderes de la nueva oposición en vez de parte del gobierno. Pueden cosechar perfectamente los mismos 17 millones de votos que el nazismo obtuvo en 1933. O más. Y detrás de cada voto, en la vida cotidiana de ese país hay miles de actos de racismo y supremacismo contra sus inmigrantes; pero frente a ellos, frente a su intolerancia y su asqueroso odio, aún votarán más de 40 millones de alemanes.
Se necesitan voces y gente. Voces que defiendan y expliquen que Europa no puede dejar de ser la Europa social sin sucumbir. Gente que acoja a los recién llegados y entienda que sin ellos no podremos sostener nuestras sociedades envejecidas. Se necesitan líderes que no sean neutrales entre violadores y violadas, ni entre nazis y antinazis. Líderes cuya palabra no sea la paz de los sepulcros y la justicia de los poderosos. El papa Francisco, Jorge Bergoglio, ha sido uno de esos líderes necesarios. Como ateo, no rezo. Pero vaya para él, cuando llegue su hora, mi oración laica.