Bien sabemos que nada es para siempre. Las sociedades que mejoran de forma sostenida a lo largo de décadas, o incluso siglos, son las que mantienen el esfuerzo cada día para no retroceder en los logros alcanzados, para que las nuevas generaciones no den por supuesto que los derechos y el bienestar del que disfrutan son innatos.
Tristemente estoy harto de ver cómo países que uno ha admirado en muchas cosas entran en decadencia sin percibirlo. Me ha tocado viajar más de lo que pensaba y eso me ha permitido comprobar que los indicadores que se utilizan para medir el desarrollo de cualquier sociedad reflejan sólo aspectos muy parciales de la realidad de la misma. ¿De qué valen los indicadores económicos si no dicen nada de la felicidad o infelicidad de la gente? ¿De qué sirve que el PIB de un país sea enorme si sus retretes públicos están llenos de mierda?
Como Roy Batty, he visto cosas que ustedes no creerían. He visto mucho más que naves ardiendo, he visto a una vieja japonesa que, aunque tú no quieras, se levanta de su asiento en el tren y se busca otro mientras te indica que uses el suyo para viajar sentado al lado de tu mujer. No hay PIB que mida eso, pero si los japoneses jóvenes mantienen ese nivel de educación el país seguirá manteniendo su bienestar. Y eso parece porque Japón sigue sin tener un papel en sus aceras pese a que en sus calles casi no hay papeleras. Prosperidad.
Hoy, por el contrario, en un tren alemán que iba abarrotado he visto a un joven cazurro mantener su mochila ocupando un asiento mientras varios alemanes viejos viajaban de pie. Ha tenido que venir la revisora, la alemana correcta y ya mayor que sabe hacer su trabajo, para que la mochila fuera al suelo y para que otros cuatro merluzos de gimnasio se levantaran y dejaran su asiento a los viejos. Sólo la revisora, y una joven que había cedido su sitio voluntariamente a otra vieja, intentaban mantener el país a flote. Decadencia.
Los países que no dedican un enorme esfuerzo a la educación pública de cada generación, se embrutecen y se empobrecen. En pocas décadas ven deteriorarse la convivencia en comunidades que en el pasado eran modélicas. Decadencia. Si sólo se educan las élites, si los trabajadores que se hacen llamar clase media educan a sus hijos en colegios privados, sólo quedará una pseudoeducación pública para los niños pobres.
Ayer vi a una joven española malencararse con un joven azafato de Iberia que le pedía educadamente que retirara su mochila del compartimento donde la había ubicado. Enterado todo el avión de que ella no pensaba retirar su mochila, y después de que la hubiera retirado, tuve ocasión de preguntarle al educado azafato por sus estudios. Me gustó saber que su paciencia y sus buenos modales venían de su familia, por supuesto, y de la escuela pública. A ella no me atreví a preguntarle nada, no fuera a escupirme. Con ella entraríamos en decadencia, con él mantuve la esperanza.
Antonio Cabrera de León