Yo lo vi…

Bueno chacho, yo que se,no estoy seguro. Cuando uno llega a viejo, no distingue bien si las cosas las vivió o si se las contaron, lo cierto es que las cosas importantes se te  quedan pegadas en los huesos como la humedad de las cuevas. Pero creo que lo vi…

Fue un mediodía como este. Había panza e burro y ese calor pegajoso, con viento quieto que te deja medio abaifado. Y allá arriba, en lo alto de la montaña, entre la tierra roja y los cardones, estaba él: Doramas.

Sí, el del palmar. El que no tenía apellido ni escudo, pero tenía algo que no se compra: coraje.

Se plantó solo frente a medio ejército. Llevaba la lanza rota, la piel hecha jirones, y aún así no dio un paso atrás. Y entonces gritó algo que se me quedó en el pecho como una piedra caliente:
“¡Aquí no se rinde nadie!”

Dicen que nació entre dragos y barrancos. Que su madre fue esclava y su padre nadie. Por eso los nobles lo despreciaban: porque venía del barro y no de la sangre azul. Pero también dicen que hablaba con los alisios. Que cuando cerraba los ojos podía oír lo que pensaban los riscos.
Yo digo que eso es verdad.

De niño cargaba agua. Nadie le enseñó a leer, pero sabía leer el monte. Y fue ese monte el que lo crió como un hijo, el que le enseñó a pelear sin miedo y a morir sin amo.

Una vez vino Fernando Guanarteme —ese que se vendió por un título castellano— a ofrecerle perdón.

Lo esperó bajo un almendro, con dos curas y una bandera blanca.

—Paz, hermano —le dijo.
Y Doramas le escupió cerca del pie.
—No soy tu hermano. Tú te arrodillaste. Yo me entierro de pie.

Eso también lo vi. O me lo contó mi abuelo o el Roque Nublo. ¿Qué más da?

La batalla fue cruel. Los castellanos bajaron con caballos y arcabuces. Los nuestros tenían piedras y ganas. Y aún así, cuando Doramas gritaba, temblaban los cañones.

Dicen que cayó con cinco heridas, pero que siguió matando. Que lo rodearon diez soldados y uno de ellos se orinó encima. Que el último golpe no fue el que lo mató, sino el que le abrió la puerta para volverse raíz.

Porque eso fue. No murió. Se volvió raíz.
Y de esa raíz nació una palma que aún crece donde cayó, aquí en Arucas.

La peña no sabe, pero yo si se…Los viejos como yo mantenemos la memoria, como la sangre en las piedras calientes, sabemos que no todo se lo lleva el tiempo.

¿Ves esa bandera? La de las siete estrellas verdes, la de verdad, no esa machangada con los perros.

Cada estrella es una isla.

Y cada una arde con el fuego de Doramas.
Lo dicen las pintadas en los muros Lo gritan los pibes que bajan al puerto.
Lo sabe el viento cuando pasa silbando entre las casas bajas.

Doramas no se rinde.
Y mientras alguien lo recuerde —aunque sea este pureta que ya confunde lo que vio con lo que le contaron—
Canarias tampoco se rinde. ¡Coño!

René Behoteguy Clávez