A mí no me mataron ese día. Yo ya venía muerto desde antes, desde que salí de la celda con la ropa oliendo a humedad y a orines viejos. “Está usted libre, Florido”, me dijeron con la sonrisa sucia. Libre, dicen. Ya yo sabía lo que había.

Nací en Telde, en una casa humilde, de esas que cuando llovía había que poner calderos por todos lados. Mi madre vendía papas en el mercado de San Gregorio, y mi viejo fue bregador de los buenos. Se ganó el respeto en el terrero de San Juan, sin hacer ruido, solo con las manos, el pulso y la vergüenza. A mí me llamaban El Pollo Florido porque desde pibe tenía arte pa’ la lucha canaria. No había quien me tirara al suelo, y cuando lo hacían, me levantaba con más rabia y más nobleza.

Me metí en el Partido no por gusto, sino por justicia. Porque uno no puede ver cómo pisan a su gente y quedarse de brazos cruzados. Yo era comunista, sí señor, de los que se parten el lomo trabajando, de los que creen que todos tenemos derecho a un plato de comida y un techo decente. Por eso, cuando los fascistas dieron el zarpazo, me planté. Como se planta uno en el terrero: de frente, con los pies bien clavados en la tierra.

Me trancaron. Me sacaron a palos. Me querían doblar, pero no pudieron. Y cuando vieron que no había causa ni prueba, me soltaron. Pero eso fue solo el principio. Me estaban preparando el paseo.

Esa mañana me subieron a Jinámar, entre los riscos y el silencio. El sol picaba que daba miedo, y el viento traía un tufo a salitre y a sangre. Yo iba con las muñecas amarradas y dos falangistas detrás, hablando bajito. Uno fumaba como si nada, el otro  callado y seco que parecía una piedra. No decían na’, pero yo sentía el odio en el cogote.  Ya cerca de la sima, lo supe. Que ahí iba a acabar. En ese tajo hondo que se tragó a tantos. Me empujaron con desprecio, como si uno no fuera más que un saco viejo. Pero yo, que me crié en el terrero, que conocía el arte del agarre, no iba a irme solo.

Me di la vuelta como pude y le metí la mano a uno por la cintura, y al otro por el cuello. Tirón seco. Palo trasero. Y pa’ abajo que fuimos los tres.

Dicen que la sima no tiene fondo. A mí me da igual. Si mi muerte sirvió pa’ algo, que sea esto: llevarme a dos fascistas conmigo. Que el mundo sin ellos, aunque sea por un pelín, sea un poco menos malo.

Así que no me olviden. No como mártir sino como bregador. Como hombre de pueblo. Como comunista sin miedo. Como El Pollo Florido, que cayó con dignidad… y no se fue solo. . Porque hay muertes que no se entierran, sino que se agarran fuerte… y no sueltan jamás.

René Behoteguy