De tarde en tarde se levanta el velo. Sopla alguna ligerísima ráfaga de aire que nadie ha controlado y se puede observar la estropajosa y muy a menudo sórdida realidad de las relaciones de poder. Ocurrió el otro día cuando un periodista grabó los soeces insultos que le espetó por vía telefónica el presidente de la UD Las Palmas. Es una diatriba repugnante de alguien que, evidentemente, se siente impune. Resulta absolutamente irrelevante el contexto. A cualquiera se le puede escapar una grosería o un insulto durante una bronca, pero no es el caso. Es una conversación de varios minutos en el que el mandamás insulta y amenaza reiteradamente al periodista, quien, por supuesto, lo está grabando a conciencia.

Me gustaría saber lo que ocurriría si se hubiera grabado a un político en ejercicio soltando este chorro de animaladas. No hubiera tenido otra opción que dimitir inmediatamente. No, no hubiera bastado con unas disculpas apresuradas en las que, de nuevo, la carga de impunidad casi jactanciosa –«me quedé tan fresco»– resulta asombrosa. ¿Quién le enseñó a insultar así a este sujeto? ¿Por qué se le tolera por parte de la clase política de Gran Canaria, que han subvencionado generosamente a un equipo que tiene el presidente que tiene? ¿Hablan de sus progenitoras cuando comparten la tribuna? Y lo que más me asombra, ¿les da absolutamente igual a los aficionados de la UD Las Palmas comportamientos como este? Me temo que la respuesta es positiva. Como ocurrió en el caso de Miguel Concepción y su largo reinado en el CD Tenerife, a la afición grancanaria le trae sin cuidado que el presidente de su entidad tenga problemas judiciales graves –por decirlo suave y elegantemente– y se exprese con formas tabernarias. «Te voy a escachar la cabeza», exclamó el campeón. Se equivocó usted de deporte. Debió elegir el boxeo. Pero se intuye que duraría de pie en la lona de un ring todavía menos que corriendo en un campo de futbol.

Miguel Ángel Ramírez, empresario de Seguridad y presidente de la U.D. La Palmas

Hace unos años, bastantes años ya, se entendió que el mantenimiento de los equipos de fútbol como entidades profesionales con autonomía económica pasaba por convertir los clubes en sociedades bajo el control de sus accionistas. Por supuesto el accionista mayoritario –muy mayoritario casi siempre– compraba el equipo tirando de talonario. Qué les voy a contar que ustedes no sepan. Los clubes de fútbol de primera y de segunda división se convirtieron en un instrumento de poder e influencia de empresarios que, por lo general, respondían al perfil de «hombres hechos a sí mismos». Hechos y a menudo deshechos. Tipos que de estar zarzaleando por las calles en una niñez áspera y difícil terminaron con patrimonios multimillonarios. Casi siempre consiguieron el triunfo empresarial –o el fortalecimiento del mismo– a través de amistades y contactos políticos –digamos– privilegiados. Contratos de obras y servicios inescrutablemente portentosos. Poseer un club era y todavía es multiplicar sus terminales en las mesas del poder y del dinero. Es una inversión económica y simbólica en organizaciones con una sorprendente capacidad de atractivo emocional y cohesión social.

Los futboleros aficionados aplaudieron a los flamantes hombres fuertes, como Jesús Gil, Ruiz de Lopera o José María del Nido, por no hablar de nuestros andurriales, que es, precisamente, de lo que estamos hablando. Desde aquellos espantosos años noventa la sucesión de desastres económico-financieros no se ha detenido, aunque en el horizonte el modelo de empresario adinerado y triunfal va disolviéndose porque la amortización de la deuda, el control del gasto y la renegociación de los contratos no son los suyos. Escacharte la cabeza, dice el millonario sin contenerse un segundo. Y todos calladitos para que el caballero se calme. No le vaya a dar algo, con todo lo que lo necesitan los jugadores y los técnicos, la Unión Deportiva, la ciudad de Las Palmas, toda Gran Canaria y –por supuesto– un montón de magníficos abogados.

 

Alfonso González Jerez en El Dia