En la entrada principal del Hospital Universitario Nuestra Señora de la Candelaria, se representa una escena que debería avergonzar a cualquier responsable sanitario. No es una metáfora: es un ritual diario de exposición pública. Los pacientes que acuden para realizarse una prueba analítica de sangre cogen un número y esperan. Hasta que una empleada, en voz alta y ante más de un centenar de personas, comienza a clasificar a los presentes por grupos y haciendo que se levanten al grito verdulero de:urgentes, embarazadas, diabéticos, oncológicos. En realidad, está señalando enfermedades delante de todo el mundo.
Rostros, miradas, silencios incómodos. Personas que acuden a un hospital buscando atención y respeto reciben, en cambio, un altavoz de su intimidad. No hace falta que nadie diga “tengo cáncer”: basta con levantarse cuando lo llaman. Toda la sala lo ve. Toda la sala lo sabe, concluye Diario de Avisos.