Qué felicidad tan grande transmitió Ia presidenta de Madrid durante la pandemia. Gracias a ella la población madrileña se libró de absurdos confinamientos y se fue a tomar cañas. Una alegría.
Pero uno no puede pasarse toda la vida tomando cañas. Alguna vez habrá que trabajar. Y entre tanta gente que cuando dejamos de morirnos de COVID-19 se puso a lo suyo están los científicos, esos seres aguafiestas, que lo mismo te pronostican una DANA en Valencia 5 días antes de que llueva que se empeñan en que uses mascarilla y te pongas la vacuna aunque con ella te inserten un microchip extraterrestre. O algo.
No contentos con sus chorradas de vacunarse, los tipos se han puesto a contar muertos. ¿No tienen nada mejor que hacer? O es eso o lo consideran importante. De ahí salió la información que ya conoce toda España: 7291 viejos muertos en las residencias a los cuales no se les permitió recibir asistencia hospitalaria. Ya ha aclarado la presidenta de Madrid que es que a sus hospitales los viejos ir, ir, si tienen que ir van, pero que ir pa ná…que se iban a morir igual y mejor que se murieran asfixiados en las residencias.
Pero muchas cañas debieron tomar los científicos éstos porque afilaron el lápiz y publicaron, semanas atrás, un artículo que demuestra que lo de no enviar al hospital a los viejos que se asfixiaban ya se hacía en Madrid antes de que se publicara el protocolo que impedía su envío (Béland et al. BMC Geriatrics. 2024; 24: 682), es decir ¿Se estaban siguiendo indicaciones verbales para dejarlos morir en las residencias?.
Afilado ya el lápiz como una lanza, los científicos que no quieren que las cañas les impidan contar muertos acaban de publicar otro artículo (Gaceta Sanitaria. 2024; 38 :102424). En él muestran que entre enero de 2020, cuando comenzó la pandemia y junio de 2021, cuando nos fuimos vacunando, España tuvo un exceso de 89.200 personas muertas. Todas las comunidades registraron exceso de mortalidad salvo Canarias, pero Madrid estaba tomando cañas y fallecieron 22.000 personas más de las esperadas (su tasa de exceso de muertes multiplicó por 9 la de Cantabria y por 28 la de Canarias). La esperanza de vida en el triangulito central cayó más del doble que la del conjunto de España.
El exceso de muertes en Madrid, según los científicos que ya no toman cañas, superó en un 42% a la cifra oficial de fallecidos por COVID-19. Es decir, era tal la brillante gestión epidemiológica que el sistema sanitario madrileño colapsó y no contabilizó como muertos por COVID-19 a todos los que morían por tal enfermedad. A menos que se me diga que sí se sabía que morían por COVID-19 pero no se informaba de que ésa era la causa.
Cuando llegue el próximo desastre, si los dirigentes son los mismos, en EEUU lo combatirán haciendo gárgaras de lejía. En Madrid tomarán cañas. De Valencia mejor ni hablo.
Vistos los números de Canarias, quiero dar las gracias a los compañeros que se jugaron la vida en la asistencia, pero también quiero reconocer muy especialmente a quienes desde la Dirección General de Salud Pública hicieron su trabajo con altísima calidad y una dedicación absoluta. Pocas veces somos los mejores y ahí, quizá, lo fuimos. Mientras ellos se dejaban la piel, hubo quien andaba trapicheando con mascarillas. A quienes se sacrificaron casi no les damos ni las gracias. A quien trapicheó, en cambio, le montamos saraos con magistrados de altos vuelos, a ver si escapa.
Antonio Cabrera de León