COBERTURA Y PROTECCIÓN
Una primera cuestión que hay que plantear cuando se analizan las ventajas e inconvenientes de los distintos sistemas sanitarios es quién puede acceder a ellos y en qué condiciones. Y aquí la diferencia es meridiana.
En los sistemas con cobertura universal financiada con impuestos o cotizaciones públicas, cualquier persona puede acceder a los servicios sanitarios con independencia de su situación laboral, económica o social. En los sistemas privados, en cambio, hay que disponer de dinero para pagar directamente los servicios o de un seguro que se haga cargo de ellos.
Obviamente, la existencia de un sistema sanitario público de acceso universal no quiere decir que sea gratuito, que no tenga coste. Lo tiene y es muy elevado, pero se financia con la contribución de toda la población, a través de los impuestos.
La diferencia entre ambos sistemas se ha ido diluyendo en los últimos años, como consecuencia de la expansión del sistema privado en los países donde hasta ahora ha predominado el público.
En España, por ejemplo, el gasto sanitario privado -el que pagan las familias directamente de su bolsillo o mediante seguros- representa ya en torno al 26% del gasto sanitario total. Es decir, aproximadamente uno de cada cuatro euros destinados a la salud procede ya del ámbito privado, aunque el sistema público siga siendo el pilar fundamental.
Para valorar el acceso efectivo que proporciona el sistema privado hay que leer la letra pequeña de las pólizas y enterarse bien de su coste y cobertura.
Te puedes hacer una idea del futuro que nos espera en España si se sigue privatizando la sanidad conociendo lo que pasa en Estados Unidos (país de referencia de la sanidad privada y de acceso a través de seguro igualmente privado). Allí, según informaba la revista Forbes, una persona joven de 21 años pagaba en 2025 una media de 455 dólares al mes por una póliza elemental o 877 dólares en las llamadas platino (con las que luego se pagaría menos gastos adicionales al recibir asistencia concreta). Una de 60 años pagó una media de 1.235 dólares mensuales (2.380 dólares si es platino). Y aún así, esas pólizas no garantizarían la cobertura de cualquier contingencia grave. Y, además, las personas aseguradas deberían hacerse cargo adicionalmente de los llamados «gastos de bolsillo», los que no son cubiertos por la póliza.
Por otro lado, al hablar de sanidad y salud también es importante que reflexiones sobre el discurso anti-impuestos que difunden constantemente las personas más ricas y los políticos y periodistas que trabajan para ellas. Cuando nos dicen que pagamos muchos impuestos hay que hacer recuento de lo que cuesta el servicio sanitario público que nosotros, nuestros familiares o personas de alrededor, hemos recibido desde nuestro nacimiento hasta que dejamos de vivir y por el que no hemos pagado nada, directa o personalmente. Dedica unos minutos a hacer ese cálculo, aunque sea a grandes rasgos, y luego valora si hubieras podido pagar el gasto sanitario si tú y las demás personas no hubiésemos pagado impuestos.
En España, aproximadamente un tercio de la población tiene ya algún tipo de seguro privado, pero eso no lleva consigo una protección sanitaria integral ni equiparable a la del sistema público: a partir de los 50 o 60 años el coste de las primas se dispara, y basta leer la letra pequeña para comprobar que quedan excluidas patologías como la salud mental grave, las enfermedades raras, determinados tratamientos de larga duración o la rehabilitación prolongada. Son seguros de escaso alcance que se suscriben para hacer frente al deterioro que sufre el servicio público por la falta de recursos, que no solo es consecuencia de la escasez presupuestaria, sino también de una estrategia deliberada para impulsar el negocio privado.
Hasta ahora, estos seguros complementarios no suelen ser muy caros y eso induce a creer que la sanidad privada no solo es mejor, sino incluso barata. Pero es un espejismo. Son relativamente baratos porque no cubren las prestaciones sanitarias más costosas (¿has leído alguna vez lo que cubre y lo que no el que tienes contratado?), sino sobre todo la asistencia que busca rapidez, comodidad y una atención más personalizada.
Todo ello es fácil de comprobar. En muchos hospitales privados no hay determinados servicios de alta complejidad disponibles de forma continua, y las especialidades más caras tienden a concentrar también listas de espera. La realidad es que, de momento, los seguros privados están orientados a financiar actos médicos de alto margen para las empresas (pruebas diagnósticas, cirugía programada, protocolos estandarizados y todo lo que conlleve flujos rápidos), mientras que pueden redirigir al sistema público, o directamente no admitir, a los pacientes crónicos que requieren seguimientos prolongados, tratamientos complejos o elevados costes.
Si el proceso de privatización se extiende, la medicina privada irá asumiendo servicios cada vez más caros, al tiempo que adquiere mayor poder de mercado para fijar precios. Eso hará, sin duda, que las primas aumenten y que disminuya la población que pueda financiar cualquier tipo de asistencia.
El seguro privado puede reducir el coste de usar servicios frecuentes, pero, a diferencia de lo que ocurre con un sistema sanitario público, no protege bien frente al llamado riesgo catastrófico, que es precisamente el que arruina a las familias.
Las diferencias en cuanto a la posibilidad de acceder a los servicios sanitarios en los dos sistemas son las que explican que, en los países donde la cobertura es universal y mayoritariamente pública, el riesgo de arruinarse o caer en pobreza por tener que afrontar gastos sanitarios sea muy bajo, como ocurre en España. Justo lo contrario de lo que sucede en sistemas dominados por lo privado. En Estados Unidos, paradigma del sistema sanitario basado en seguros, entre el 60% y el 65% de las quiebras personales están vinculadas directamente a gastos sanitarios.
MORTALIDAD Y OTROS RESULTADOS DE SALUD
El indicador quizá más elocuente de lo que proporcionan los diferentes sistemas sanitarios es el de mortalidad evitable, es decir, las muertes que se pueden evitar o retrasar con prevención, tratamientos o medidas y políticas de salud pública y atención médica oportunos y efectivos.
Los sistemas sanitarios que actúan como negocios privados producen mayor mortalidad por diversas razones.
– En los sistemas basados en el acceso a través del pago directo o del seguro privado es inevitable que la población con menos recursos disfrute de un acceso mucho menor a los servicios de salud. Sobre todo, a los más especializados y caros y, por tanto, a los más determinantes de la salud. En consecuencia, es lógico que en estos sistemas haya más mortalidad por falta de acceso. Y también porque la minimización de costes lleva a prestar los servicios sanitarios en peores condiciones de tiempo, personal y seguimiento clínico.
– El objetivo de la sanidad privada no es curar o prevenir enfermedades, sino maximizar el beneficio económico. Si no fuese así, sus empresas tendrían que cerrar y los inversores perderían su dinero.
Eso implica necesariamente que, para obtener beneficios y maximizarlos, el sistema sanitario privado no pueda tener como objetivo reducir el número de enfermos, sino tener cada vez más clientes y, a ser posible, clientes recurrentes. Esto lleva a incentivar la prescripción excesiva de tratamientos rentables y a descuidar o no atender los menos lucrativos, como la prevención, la salud mental, los cuidados crónicos o el seguimiento prolongado. De ahí derivan muchos daños médicos, errores por mala praxis y mortalidad por ausencia de atención adecuada que son perfectamente evitables.
– Cuando un sistema sanitario no atiende a quien no tiene dinero, seguro o capacidad para asumir copagos, la consecuencia inevitable es la desatención, el retraso en la consulta o la renuncia directa al tratamiento. Eso agrava dolencias que serían perfectamente curables y multiplica las muertes evitables por cáncer, diabetes, hipertensión o infecciones, por ejemplo.
– Puesto que la sanidad privada solo puede funcionar bien allí donde hay dinero, produce un ensanchamiento sistemático de las brechas de salud. Los recursos sanitarios (personal, tecnología, camas UCI…) se concentran donde resultan más rentables, no donde hay mayor necesidad. El resultado es un aumento de la mortalidad evitable y un descenso de la esperanza de vida en los grupos de población con menores ingresos.
– Cuando la sanidad pública se debilita o se privatiza, se producen más enfermedades y más muertes por una razón adicional: los servicios públicos universales actúan como una auténtica infraestructura de prevención. Al debilitarse, se pierden capacidades de vigilancia epidemiológica, vacunación masiva, control de riesgos colectivos o respuesta ante pandemias. Además, la información sanitaria se fragmenta y los datos clínicos pasan a tratarse como propiedad privada, cuando no como una mercancía más y eso los hace menos accesibles.
– También está ampliamente demostrado que el personal sanitario -médicos, enfermeras, auxiliares- está sometido a mucha mayor presión de productividad en los centros privados. Y es lógico: allí hay que recuperar la inversión y generar rentabilidad. La consecuencia es menos tiempo por paciente, más precariedad laboral, mayor rotación, más agotamiento profesional y más errores clínicos, lo que deteriora la atención y termina produciendo más muertes evitables.
– La lógica del mercado es la de curar cuando ya hay enfermedad (en eso consiste el negocio), no la de evitar que la haya. Dicho más claramente: la prevención no es negocio. Y, sin embargo, la prevención es la vía más eficaz para evitar millones de enfermedades y muertes.
Esto explica que los programas de vacunación, educación nutricional, detección precoz o salud comunitaria -sin los cuales se producen muchas muertes evitables- sean más débiles y menos efectivos en los países donde la sanidad privada tiene un peso dominante.
Los datos que confirman que donde manda el lucro se muere más sin necesidad son abundantes:
– Un amplio análisis clásico realizado en más de 26.000 hospitales de Estados Unidos sobre 38 millones de pacientes mostró que el riesgo de morir en hospitales con ánimo de lucro es un 2% mayor que en los hospitales sin ánimo de lucro. Puede parecer una diferencia pequeña, pero aplicada a millones de ingresos significa una enorme cantidad de muertes adicionales atribuibles únicamente al modelo empresarial.
– Los resultados son aún peores cuando entran en juego los fondos de capital riesgo de los que hablaremos con detalle más adelante. Diversos estudios han mostrado que, tras la compra de hospitales por fondos de inversión, la mortalidad en urgencias aumenta un 13,4 %, lo que supone unos 7 fallecidos más por cada 10.000 pacientes. Y los pacientes sometidos a cirugía de emergencia en estos centros tienen 42 % más de probabilidades de morir en los próximos 30 días.
– En Estados Unidos, la falta de seguro sanitario se asocia con 45.000 muertes anuales y un 40% más de riesgo de morir respecto a personas aseguradas, en general, e incluso se llega hasta el 50% en los grupos de menor renta.
– Otro estudio que analizó 243 hospitales de Estados Unidos y más de 1,6 millones de pacientes concluyó que el riesgo de fallecimiento de niños en hospitales privados con afán de lucro era un 9,5% superior a los gestionados sin ánimo de lucro.
– En Inglaterra, el aumento del gasto sanitario dedicado a externalizar los servicios a proveedores privados entre 2013 y 2020 -muy similar a procesos que se vienen produciendo en varias comunidades autónomas españolas- se asoció con un incremento significativos de muertes que no deberían ocurrir con atención oportuna y eficaz.
– La OCDE muestra que la llamada mortalidad evitable -la prevenible con salud pública y atención primaria fuertes, y la evitable con asistencia clínica eficaz y a tiempo- aumenta allí donde se debilitan la prevención y la atención primaria por lógicas de mercado. Por el contrario, fortalecer el acceso universal, la atención primaria y la salud pública reduce de forma significativa esas muertes.
En resumen, dejar el cuidado de la salud en manos del afán de lucro y de la maximización del beneficio produce más muertes evitables,
Pero el daño de un sistema sanitario orientado al beneficio no se limita a la mayor mortalidad Mucho antes de que se produzcan, la lógica del mercado va extendiendo la enfermedad, cronificando dolencias y deteriorando la calidad de vida de millones de personas. Cuando el acceso a la atención depende del mercado, no solo se muere más sin necesidad: también se vive peor, con más enfermedad, peor calidad de vida y más discapacidad prevenible.
Está demostrado que, en los sistemas privatizados o fuertemente mercantilizados, se observan peores resultados en el control de enfermedades crónicas como la diabetes, la hipertensión, el asma, la insuficiencia cardíaca o la enfermedad renal. Y la razón es sencilla: estas dolencias requieren seguimiento continuo, coordinación asistencial, tiempo clínico y prevención, justo lo contrario de lo que prioriza un sistema orientado al beneficio rápido. El resultado es más complicaciones, más reingresos, más amputaciones, más diálisis, más incapacidad y más sufrimiento evitable.
Las limitaciones e incluso el fracaso del sistema privado de salud son evidentes en algunos sectores decisivos para el bienestar humano:
– La salud mental requiere atención prolongada, compleja, poco rentable y difícil de protocolizar como negocio. Por eso suele estar excluida parcial o totalmente de los seguros privados, o limitada a pocas sesiones y tratamientos fragmentados. El resultado es que millones de personas quedan sin atención adecuada para la depresión, la ansiedad, las adicciones, los trastornos graves o el suicidio, mientras que el sistema público asume la carga más dura cuando ya hay crisis, internamientos o daños irreversibles.
– Algo parecido ocurre con la discapacidad evitable. Cuando se retrasan los diagnósticos, no se garantiza rehabilitación suficiente o se interrumpe el seguimiento por razones económicas, las enfermedades dejan secuelas que podrían haberse evitado. La consecuencia es una población con más limitaciones físicas, más dependencia y menor autonomía personal, con el consiguiente incremento del gasto social y del sufrimiento familiar.
– La privatización sanitaria no solo agrava la enfermedad: empobrece y la pobreza, a su vez, empeora la salud. La cobertura insuficiente, la deuda que se genera para tratar de ampliarla, los gastos adicionales a las pólizas producen muy a menudo una espiral de precariedad en los sistemas privados que por sí misma genera nuevas patologías y deteriora las condiciones de vida.
En definitiva, donde el afán de lucro es lo que marca la lógica con la que se mueve la atención sanitaria no solo se muere más sin necesidad, sino que se vive con más enfermedades, más limitaciones y con más pobreza. La sanidad pública, por el contrario, no es sólo un sistema que salva vidas: es también el principal mecanismo de protección frente a la enfermedad crónica, la discapacidad y la pobreza derivada de enfermar.
Juan Torres López