El coach aparece en el centro del escenario, en una gran pantalla se ve un lago entre dos montañas coronado por el arcoiris. El coach, después de que su representante haya comprobado que ya le ingresaron los 2.500 euros por la charla, acerca el micrófono a su boca y dice “No te arrastren los accidentes exteriores; procúrate tiempo libre para aprender algo bueno y cesa ya de girar como un trompo. En adelante, debes precaverte también de otra desviación. Porque deliran también, en medio de tantas ocupaciones, los que están cansados de vivir y no tienen blanco hacia el que dirijan todo impulso y, en suma, su imaginación”.

Vivimos buscando la felicidad. Pagamos una charla de un coach para que nos dé fórmulas para ser felices, para encontrar el amor, para saber emprender un negocio, para mejorar nuestras relaciones con la familia. Nada nuevo bajo el sol. Las frases que atribuí al falso coach en el primer párrafo fueron escritas hace 2.000 años por Marco Aurelio, filósofo y emperador romano, en su obra ‘Meditaciones’.
Quienes podían leer los textos de Marco Aurelio eran una inmensa minoría. Hoy las fórmulas de la felicidad se encuentran al alcance de todo el mundo, en las páginas webs y las redes sociales de los coachs, en sus libros, en sus charlas (aunque salen un poco más caras). Ellos nos guían diciéndonos, como Marco Aurelio, que nuestro mejor guía somos nosotros, que “no te arrastren los accidentes exteriores”.
El piberío busca la felicidad en las redes sociales. Suben sus fotos en un concierto, en un bar, en la playa. Siempre felices. Sonríen con su novia, con su marido, con su bebé, con un famoso que se encontraron por la calle. Coincidí con un amigo mediático en un concierto, justo estaba delante de mi. Se hizo un selfie con su pareja con la cantante detrás. Se pasó el resto del concierto mirando el teléfono, disfrutando del crecimiento de los “me gusta” en su publicación de Instagram. Yo disfruté del concierto y de observarlo a él. Me sentí un antropólogo estudiando a los animales del siglo XXI que buscan una felicidad tan artificial como la inteligencia que usan.
Lo bueno es que esta patología la sufren todos. El otro día contaba un experto en redes sociales que una parte importante de los 650 millones de seguidores que tiene Cristiano Ronaldo en su cuenta de Instagram son robots, son seguidores comprados y, fitetú, también son comprados los millones de “me gusta” de sus publicaciones. Yo pensé: ¡pobre Cristiano Ronaldo!, a pesar de lo rico que es.
Zygmunt Bauman escribió (’44 cartas desde el mundo líquido’) que “para los jóvenes, el principal atractivo del mundo virtual proviene de la ausencia de las contradicciones y los malentendidos que caracterizan la vida offline. A diferencia de la alternativa offline, el mundo on line hace concebible -es decir, posible y viable- la multiplicación infinita de los contactos”. En nuestras redes nos siguen gente que piensa como nosotros y seguimos a quienes piensan como nosotros, así evitamos las contradicciones y vivimos en un mundo de felicidad, un mundo no ya de pensamiento único sino de “pensamiento cero”, como acertadamente dijo en una entrevista José Saramago.
Quizá la mejor fórmula para encontrar la felicidad esté en ese “pensamiento cero” que decía Saramago. Quizá ese pensamiento cero explicaría el titular que publicaba un periódico hace unos meses “Los canarios son cada vez más póbres pero más felices”. Piensa cero en las injusticias sociales, en la masacre en Palestina, en el destrozo de la naturaleza, en la explotación infantil. Como diría Marco Aurelio, “deja de girar como un trompo”, concéntrate en tu ombligo y en los me gustas de tu foto levantando la cerveza. Gástate en cervezas las entradas para el coach y, a lo mejor, serás feliz.
Juan G. Luján