Ése fue el título de una película de la transición, que no todas fueron de destape erótico. Estuvo basada en un personaje político creado por Mingote en sus chistes. La realidad imita a menudo a la ficción y en España el Gundisalvo de la realidad surgiría una década más tarde con el nombre de Jesús Gil. Ése era él, “clavaíto”: un empresario enriquecido con los pelotazos inmobiliarios de los años 60, que no tuvo tiempo de ponerse la camisa azul-correaje de la falange ni la azul-corbata del opus porque estaba ocupado ganando dinero con cualquier estafa.

El gran Antonio Ferrandis, hoy recordado como Chanquete por generaciones de españoles, fue Gundisalvo. Prototipo del tardofranquista metido a demócrata, pedía el voto dejando claro que estaba dispuesto a salvar a todos los españoles, incluso a los que no quisieran. Que de eso iba y sigue yendo el autoritarismo, de salvarte de ti mismo aunque tú no quieras. Da igual que lo haga un sionista en nombre de su dios, o un fundamentalista cristiano en nombre del suyo. Da igual que lo haga un ultraliberal en nombre del becerro de oro, o un talibán en nombre de un dios que sólo le habla a él. La cosa es que si no votas bien, ellos te salvan.

La reunión de Gundisalvos que celebraron en Madrid fue una vez más de eso, de la salvación de su mundo aunque la mayoría del mundo no quiera ser salvada. Te aplican su libro aunque tú prefieras otras lecturas. Algunos, la mayoría en realidad, de estos Gundisalvos nunca leyeron un libro pero aplican el catecismo preparado para ellos por sus sacerdotes, imanes y rabinos. Nadie puede imaginar a Jesús Gil leyendo un libro, aunque estos nuevos Giles pretenden haber escrito alguno porque conocen al negro que les hizo el refrito y copia-pega de otros previos.

No me sorprende que la prensa haya destacado estos días los mensajes que el Gundisalvo argentino trajo preparados junto con sus insultos a los zurdos de mierda. No me sorprende, digo, porque la prensa mezcla su incultura y poca memoria con su interés en buscar titulares que enganchen. Destacar como grandes novedades sus babas respecto a que “la justicia social es aberrante”, “el control de capitales es inmoral” y “los impuestos son un robo” es ignorar los discursos habituales que su virgen inglesa, Margaret Gundisalva, nos sermoneaba en los 80: “tenemos que enorgullecernos de la desigualdad” y “la solidaridad es un crimen”.

Cuarenta años después de aquel furor ultraliberal, clasista, racista e insolidario, los británicos están fuera de la Unión Europea y tienen la peor sanidad desde la II Guerra Mundial, con la que puedes morirte esperando una ambulancia que finalmente no vendrá. Felices estarán las clases pudientes argentinas de la desaparición acelerada de lo estatal y lo público. Pienso que quizá los trabajadores que por desespero y resentimiento votaron a Gundisalvo se estarán preguntando si votaron bien. La prensa les dice que sí, y ya ha empezado a animarles a saltarse una comida para ahorrar. Qué bien, Argentina libre de obesidad. Ya lo decía Ferrandis: “Vote a Gundisalvo, ¿A usted que más le da?”.

Antonio Cabrera de León