Lo niego todo, incluso la verdad, escribió Sabina. Pero en realidad siempre se trata de eso, de negar la verdad por evidente que sea.

En 1945 el general Eisenhower visitó el primer campo nazi de exterminio liberado por su ejército, en Ohrdruf. Era tal el horror que tanto él como otros generales que le acompañaban, tipos acostumbrados a la guerra y la muerte, sufrieron mareos y vómitos. Pero aún descompuesto, Eisenhower pidió a los periodistas que le acompañaron que se aseguraran de filmar bien todo aquello porque “llegará el día en que esto se niegue”.

Uno de los generales americanos obligó al alcalde nazi de la ciudad a visitar el campo junto con su esposa y ambos, al regresar a su casa tras la visita, se suicidaron. La población de Ohrdruf fue obligada no sólo a visitarlo sino a enterrar los restos de las personas allí masacradas y a limpiar las inmundas instalaciones. De los 17 millones de alemanes que votaron a Hitler, de los muchos más que apoyaron su régimen por miedo, por comodidad, o por conversión al nazismo, no había manera de encontrar uno solo en 1950. Todos habían sido demócratas. Todos lo negaban todo.

Hoy, pese al resurgimiento de nazis, fascistas y todo tipo de ultraderechas en el mundo, aún no conocemos nuevos campos de exterminio. Quizá empiezan a parecerse a ellos los bantustanes palestinos, paradójicamente creados por los descendientes de quienes sobrevivieron a los campos nazis. Pero tenemos al renovado fascismo como gran emisor de todo tipo de bulos y negaciones. Conviene apuntar quiénes son los terraplanistas, los que rechazan la ciencia, las vacunas, el cambio climático, la igualdad de derechos de las mujeres, la de los inmigrantes, o la de las personas no heterosexuales. Quiénes son los que propagan teorías conspiranoicas sobre el fraude electoral o el incendio que está arrasando Tenerife. De ellos vendrá la desgracia. El negacionismo tiene mil motivos para negar, pero sólo un objetivo: la muerte de la razón.

Si se tiene la suerte de que en la sociedad triunfe la razón, entonces no habrá quién encuentre a los que negaban. Todos habrán sido razonables, sensatos y demócratas todo el tiempo. Pero si se tiene la desgracia de que triunfe el nazismo, como ocurrió en España tantos años atrás, construirán una sociedad basada en la mentira y en el miedo y el silencio de quien sepa que, efectivamente, mienten.

Encaramos un verano desolador en el hemisferio norte, como fue desolador hace unos meses en el sur. Cada año lo serán más. Ningún gobierno en el mundo entero está dispuesto a afrontar la verdad. Ni los dictatoriales ni los democráticos le dicen a la gente que hay que parar. Suena mesiánico, o como ustedes quieran, pero será el fin del capitalismo como lo conocemos o el de la sociedad humana. Hay que decrecer o nos quedamos sin planeta.

Entretanto, para dejarlos tranquilos, lo niego todo. Sobra agua en todos sitios, no hay hambrunas, no hay apenas calores. No hay incendio. Duerman plácidamente.

 

Antonio Cabrera de León