En la Canarias ha pasado en los últimos años por un proceso cultural y social de toma de conciencia de quién es y qué quiere para ella misma. Los movimientos políticos, culturales y sociales han sido el reflejo de esta búsqueda de identidad y de la necesidad de conocer la historia de nuestro pueblo, de saber quiénes somos para saber a dónde queremos ir: desde los primeros gérmenes nacionalistas en el S. XIX, el potente movimiento social y político de reivindicación de autogobierno y de una idiosincracia propia de los años 70, pasando por el nacimiento en los años 90 de colectivos que abanderaron la canariedad desde posiciones políticas progresistas y defensa del medioambiente, hasta la nueva oleada de toma de conciencia y defensa del territorio que alza la voz en la actualidad, en múltiples iniciativas, colectivos, redes sociales, etc., para defender nuestro patrimonio y el derecho a vivir bien en nuestra tierra con un modelo económico y sociopolítico de futuro… En este devenir hemos aprendido qué especies de animales y plantas nos rodean, cómo se llaman nuestros barrancos y cuál es la historia que nos trajo hasta aquí.

Este camino de autodescubrimiento, autoafirmación y desarrollo del orgullo propio ha venido a sacudirnos, cada vez más, el complejo del colonizado que ha estado empañando nuestra autoimagen desde hace siglos, como la ya archiconocida creencia de que: lo de fuera es mejor o que aquí no hay nada. Tras décadas desde las últimas oleadas de rescate de nuestro patrimonio; natural, cultural e histórico, estamos en disposición de decir que Canarias vive una nueva era dorada de amor propio y defensa de quién es frente al mundo, y reclama, cada vez en voz más alta, su idiosincracia y el orgullo y el amor a nuestra tierra.

En este contexto, es normal que cuando las primeras investigaciones genéticas sobre los alimentos que nutrieron y formaron parte de la cultura de nuestros antepasados indígenas salieron a la luz, fuera enorme el impacto social y emocional en nuestro pueblo. Este primer acercamiento al vínculo gastronómico con la población indígena y la conservación de semillas milenarias tuvo lugar en Acusa Seca (Artenara) de donde se obtuvieron las muestras para realizar estudios de ADN y comparar su genoma con la cebada recuperada de yacimientos arqueológicos. Esta fue la primera constatación de que sí, efectivamente, nuestras semillas habían sido guardadas como oro en paño por la población amazigh originaria que las trajo consigo en el siglo II y las siguieron —las seguimos— sembrando hasta el siglo XXI, un par de miles de años de cosechas, adaptación al medio, cultura gastronómica etc. ¡Casi nada!

Todo esto fue posible gracias al equipo de investigación que surge desde el Programa Unirural de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, con Eugenio Reyes Naranjo, conocido activista ambiental, etnobotánico, profesor del grado de Sociología en ULPGC y educador ambiental del Jardín Canario Viera y Clavijo, a la cabeza y al corazón del proyecto. Otro puntal que posibilitó este descubrimiento fue el conocido arqueólogo y etnobotánico Jacob Morales, que desde su disciplina, su conocimiento y su amor por la historia del pueblo, extrajo las semillas arqueológicas para su estudio por parte del equipo de genetistas de la ULPGC liderado por Jenny Hagenblad, Rosa Fregel y Jonathan Santana. Un equipo que no nace de la nada, viene de décadas de abrir camino hacia quiénes somos y el respeto a nuestra tierra. Un equipo casi integramente canario al que tengo la inmensa suerte de sumarme en abril del pasado año para dar voz y vida al proyecto de recuperación de la lenteja majorera. La agroecología, la etnografía, la educación, y la defensa de la soberanía alimentaria han sido los mimbres desde los que he tenido la fortuna de poder ir tejiendo un proyecto que aúna sostenibilidad, divulgación, recuperación de la agrobiodiversidad, conexión con la tierra, cultura alimentaria y una profunda vocación de desarrollo del sentido de comunidad desde la identidad propia.

Y ha sido abanderando la recuperación de tan noble, humilde e impertérrito alimento, que esta ilusión por conservar el legado de nuestros ancestros ha tomado tintes épicos y ha adquirido la magnitud de una ola de orgullo por la conservación de nuestro legado agrícola y alimenticio.

¿Quién iba a decir que unas semillas diminutas fueran testigos de siglos y siglos de resistencia cultural e identitaria, de 2.000 años de persistencia? ¿Quién diría que se convertirían en símbolo de que seguimos aquí, construyendo país desde una raíz profunda y fuerte? Pues así ha sido, y gracias a las técnicas más modernas hemos podido reconstruir parte de nuestro pasado, de nuestro legado agrícola, de nuestra agrobiodiversidad. Dos milenios son mucho tiempo y requiere de una perseverancia titánica sembrarlas cada pocos años para que la semilla no se pierda, como sucedió desgraciadamente, con otras variedades tradicionales de Fuerteventura y de Canarias. Pero, contra todo pronóstico, la pequeña y colorida lenteja majorera llegó en bastante buen estado de salud hasta nuestros días. De las manos de los mahos a las nuestras. Dos mil años de siembra, arrancado, trillado, aventado, almacenado, cocinado y vuelta a empezar. Gracias a cada campesina que decidió seguir sembrando aunque no hubiera llovido mucho; “pa que no se pierda”. Y no se perdió.

Las lentejas antiguas canarias representan el hogar que hemos mantenido colectivamente puño a puño, siembra a siembra y en cada cucharón de potaje servido en la mesa común. Agricultoras, agricultores, madres, abuelas, mujeres en su mayoría, guardianas del tesoro que permitía alimentar a sus familias. Semillas que, como moneda y resguardo de futuro, fueron conservadas, almacenadas cuidadosamente hasta la época de siembra siguiente, para perpetuar, ciclo tras ciclo, la base del sustento de un pueblo que dependía de la naturaleza para subsistir.

Fayna Brenes Quevedo  (Tamaimos)